“Carabanchel, también sus habitantes hablan con el acento dominicano”
POR PATRICIA SANCHEZ DEL CASTILLO
A las siete de la mañana, el metro de Oporto y Plaza Elíptica ya están llenos.
Al tomarlos de forma rutinaria veo uniformes varios de hostelería, mochilas de repartidor y caras todavía cansadas y no ha iniciado el día aun.
Muchos de esos son jóvenes y tienen raíces dominicanas, han crecido entre las calles del distrito que es mi nuevo hogar desde hace 8 meses, Carabanchel, mezclando el acento madrileño con palabras heredadas de sus familias. Me doy cuenta que son parte esencial del barrio,aunque pocas veces se hable de ellos más allá de los estereotipos.

Carabanchel sigue siendo el distrito más poblado de Madrid, con más de 278.000 habitantes empadronados, y casi un 20% de población extranjera.
Dentro de esa diversidad, la comunidad dominicana ocupa desde hace años un lugar visible en la cotidianidad del barrio: he visto peluquerías donde siempre suena bachata, tienda de comestibles abiertas hasta tarde, canchas llenas los fines de semana y bares donde varias generaciones comparten historias de aquí y del patio (RD).
Pero hay una generación concreta que representa una nueva realidad de Carabanchel: la juventud dominicana trabajadora. Muchos dicen haber empezado a trabajar muy jóvenes, compaginando los estudios con jornadas en supermercados, cocinas, almacenes o repartos. Otros ayudan económicamente en casa mientras intentan construir un futuro en una ciudad cada vez más compleja para la gente joven.
Hoy lo escribo porque, a menudo se habla poco del esfuerzo cotidiano detrás de esa comunidad. Poco de las madres trabajadoras, de los hijos que sostienen parte de la economía familiar o de quienes salen de casa antes de amanecer y vuelven de noche después de varios turnos.
La realidad de muchos jóvenes dominicanos en Carabanchel no es la del prejuicio fácil, sino la del sacrificio silencioso de una generación obrera.

Y aún así, también hay orgullo. Porque crecer dominicano en Carabanchel es crecer entre dos culturas que terminan convirtiéndose en una sola identidad. Es escuchar dembow en verano desde un coche aparcado según me cuentan, comer mangú un domingo en familia y después bajar al parqueo, o entrada de los edificios, con amigos del barrio de toda la vida. Es sentirse dominicano, madrileño y carabanchelero al mismo tiempo.
Hablar de la juventud dominicana trabajadora no es hablar solo de inmigración. Es hablar de barrio, de clase trabajadora, que aporta y de una generación que mantiene vivo Carabanchel mientras sueña con algo mejor entre turnos largos y bachata de fondo, en el distrito madrileño.